
Que Spielberg es un genio es algo que todo el mundo sabe. Algunos no estarán de acuerdo, claro, pero si algo es evidente es la enorme influencia que este cineasta ha tenido en la historia del cine del final del siglo XX y principios del XXI. Incluso su peor película puede dar lecciones a cualquier niñato recién salido de la MTV y la publicidad.
Steven Spielberg, cuando empezó su carrera en los años 70 con su colega George Lucas, quería cambiar el cine. Y junto a otros valientes cineastas, como Oliver Stone, Francis Ford Coppola o Brian de Palma, lo consiguieron. Consiguieron romper ese estatus de cine arcaico y vetusto dominado por las grandes “familias” de productores del viejo Hollywood. Llenaron las salas de nuevas generaciones, que buscaban nuevas experiencias, y consiguieron renovar la afición por el cine de aventuras, de entretenimiento, y por que no, de evasión. Tiburón y Star Wars, lo queramos o no, están en los libros de historia del cine.
Pero Spielberg sabe hacer más que meras películas de entretenimiento. Sabe intercalar en sus historias una sensibilidad y una humanidad que no pasa desapercibida. Sus personajes son humanos, que sufren, y a través de sus historias nos vemos reflejados o vemos reflejada a la sociedad. Dependiendo del tono o el tema de la película, su mensaje será mas o menos optimista, más o menos crítico, o más o menos comprometido.
Y es que, tras Parque Jurásico, podía perfectamente haberse acomodado, como otros directores, y ofrecer cada uno o dos años un espectáculo impresionante. De entretenimiento, de evasión. Pero no, se saca de la manga La Lista de Schindler, y descubrimos un autor con un interés por otras historias, tocando uno de los temas más delicados de la historia reciente, como es el holocausto judío. Aquella fue una película dura, valiente, con un crudo blanco y negro que acompañaba a los judíos mientras los nazis los llevaban de un sitio a otro, hasta el campo de concentración donde Oskar Schindler les contrata como trabajadores, con el fastidio del General Amon Goeth. Las palomitas que algunos incautos llevaban al cine se atragantaban, no estaban preparados para ese trozo de historia que Spielberg supo retratar de forma impecable. Los premios recibidos indicaban que si, que Spielberg “si quería” podía pasar de la aventura o la acción al drama sin perder la seriedad.
Dejando a un lado Amistad o Salvar al Soldado Ryan (no me importa lo sensiblera o patriótica que digan que es, es un alegato antibelicista tan crudo y sobrecogedor que cualquier pero que se le ponga está de más), comentaré a continuación las películas recientes que para mí han marcado este nuevo rumbo que Spielbeg está tomando, mucho más escéptico y pesimista de lo que cualquiera hubiera podido pensar hace años del autor de E.T.
I.A. Inteligencia Artificial 
Steven Spielberg y Stanley Kubrick trabajando juntos. Es el sueño de cualquier cinéfilo, ver como dos auténticos maestros del séptimo arte unen sus fuerzas y sus talento, para crear una obra que marque un antes y un después. Lamentablemente, esto no sucedió, debido a la muerte de Kubrick y el cambio de rumbo que tomó la historia en manos de Spielberg. La idea de Kubrick, como en sus otras películas, era mostrar un futuro oscuro, sombrío, donde los humanos han perdido totalmente aquello que los hace humanos, sustituyendo las carencias afectivas o sociales por robots que rellenen esos huecos emocionales. No se hasta qué punto llegó a intervenir Kubrick en el resultado final de la película, pero sería injusto negar el talento de Spielberg, que consiguió acabarla con resultados irregulares. Cuenta una historia modernizada de Pinocho, el muñeco/robot que quiere ser humano, pero que no sabe como hacerlo, o serlo. Tenemos a una madre caprichosa y egoísta que quiere tener un hijo a toda costa, llegando a activar un chip emocional en un robot para que sea más humano. El niño es consciente de que es artificial, y busca sin éxito algo que de sentido a su existencia. Su padres le rechazan, horrorizados, al ver que no es lo que ellos querían. Vemos aquí algo que ya estará presente en la filmografía posterior de Spielberg. Ha perdido su ingenuidad, y no se fía de los humanos, son mezquinos, arrogantes y egoístas. Un par de escenas de la película resultan especialmente brutales y desasosegadoras, como la de la madre intentando engañar a su hijo para deshacerse de él y la feria de los robots, donde humanos asisten impasibles a la humillación y destrucción de los robots que ellos mismos han creado. Como Spielberg no ha dejado de contar un cuento, una fábula con moraleja, lleva al niño robot de un lado a otro, consiguiendo un pesimismo agobiante, sobre todo en la escena submarina. Aquí todo el mundo coincide en que debería haber sido el final de la película, con el Pinocho robot pidiéndole al Hada Azul, que es un muñeco inerte, ser un niño. La cámara se aleja, y la oscuridad del fondo oceánico lo envuelve todo. La película hubiera acabado así de manera brusca, deprimente, incómoda, dejando abiertas las interpretaciones acerca de la naturaleza humana, el egoísmo y la evidente humanidad de las personas artificiales, que nos empeñamos en seguir intentando construir para nuestra comodidad. Lamentablemente, esa frialdad, ese mensaje duro como una patada en el estómago no era la manera que Spielberg tenía de acabar la película, añadiendo un evidente postizo a ese final, consiguiendo una sonrojante y cursi escena lacrimógena con el niño consiguiendo, aunque de manera virtual, lo que deseaba. Pese a las malas críticas y el resultado irregular de la cinta, hay un par de detalles a tener en cuenta, y serán desarrollados en otros títulos.
Minority Report 
El fiasco de Inteligencia Artificial hizo posible algo que hubiera sido impensable en otro tiempo. Spielberg se tuvo que aliar con la Fox para coproducir una nueva película. Las decisiones serían tomadas a medias. Y la producción de Tom Cruise indicaba el tono que tendría la película. Como él ponía el dinero, se aseguraba así un número de escenas, primeros planos e importancia en la historia. Así que la gente que echa la culpa a Spielberg de lo mala que fue, simplemente, no sabe de lo que está hablando.
Así que hablaré de lo que sí hizo Spielberg. Hizo el Blade Runner del siglo XXI que podía haber sido y no fue. Basada en una novela (otra más) de Phillip K. Dick, escritor de ciencia-ficción anticipativa, nos muestra un mundo futuro donde existe un cuerpo de policías que, gracias a unos telépatas precognitivos, saben que se va a cometer un crimen antes de que suceda. Como en Blade Runner, no es tan importante la historia del protagonista, sino ver el mundo por el que se mueve. Así, volvemos a ver ese pesimismo, esa crítica feroz al consumismo, al abuso de la tecnología y sobre todo, a ese control del ciudadano o de los medios por parte de los gobernantes, algo que ya vimos en otras joyas de la ciencia ficción moderna, como RoboCop o Desafío Total (basada en una novela de Phillip K. Dick, por cierto).
Lamentablemente, toda esa imaginería visual, todo ese diseño de producción que en un principio iba a ser un retrato escéptico y pesimista de un mundo futuro no muy lejano, se convirtió en una versión de El Fugitivo en el futuro, con las ya aburridas caras de Tom Cruise como superhéroe ocasional, primando así las persecuciones y escenas de acción. Aún así, el mensaje, tanto en la novela de Dick, como en la película, sigue estando presente para el que lo sepa ver, sin dejarse llevar por el juego de “rizar el rizo” que está tan de moda en Hollywood y que incluso Spielberg tuvo que seguir para poder hacer su película. Y el mercado negro de órganos no está muy lejos, verdad?
La Guerra de los Mundos 
Otra novela de ciencia ficción, aunque escrita en el siglo XIX Y Spielberg aprovecha para hablar de los temas característicos de su filmografía, como la familia, las relaciones paternales y la pérdida de valores y deshumanización en situaciones límite.
Tom Cruise vuelve a ser el protagonista, pero ésta vez esta más calmado, haciendo de héroe a la fuerza cuyo único interés es mantener a su rota familia unida.
La novedad de esta adaptación es que está ambientada en la época actual, dejando a un lado el escenario londinense y victoriano de la novela original. Un gran inconveniente, ya que aparte de perder el ambiente clásico de la novela, corre el riesgo de parecerse demasiado a Independence Day, bastante inferior en todos los aspectos.
Precisamente Spielberg evita esa comparación enfocando la historia desde otro punto de vista. Así, no vemos a los alienígenas, los intuimos, ya que el tema principal de la película es ver cómo afecta esa invasión al mundo en general y a esa familia en particular. Tampoco hay despliegue militar como en Independence Day, ni un intento evidente de mostrar una lucha entre humanos y alienígenas. Acompañamos por tanto a la familia de Tom Cruise, desde la aparición de esas tormentas de rayos que despiertan a las naves invasoras, a lo largo de un viaje con el único objetico de escapar, de huir a toda costa de toda esa destrucción sin sentido y sobrevivir. El padre, un egoísta y arrogante trabajador que no le tiene especial aprecio a sus hijos, a los que tiene que aguantar algunas veces, se va transformando a lo largo de la película, dándose cuenta de la destrucción que le rodea y siendo consciente de que sus hijos están en un peligro mortal. Gracias a ese peligro inmediato, aflorarán con fuerza sus sentimientos, su responsabilidad para con sus hijos, haciendo todo lo que sea necesario para protegerlos.
Es especialmente aterradora la escena del coche, ya que vemos lo irracionales y locos que pueden ser los seres humanos con tal de sobrevivir. Es la demostración última del egoísmo humano, de la irracionalidad y de la pérdida de valores, donde prima el “sálvese quién pueda” frente a la protección de menores indefensos.
Ese aspecto sombrío y nada ingenuo lo tiene también el personaje de Tom Cruise, que no duda en matar a un hombre que presentaba una amenaza real para sus hijos. Tim Robbins consigue en una sola escena hacernos estremecer con el papel de un soldado que está loco, y la evidente superioridad de los alienígenas le tiene obsesionado, hasta el punto de nublar su juicio y exponer el único refugio que la familia ha encontrado entre tanta desolación. También vemos aquí la pericia técnica de Spielberg, al rodar esa escena claustrofóbica y agobiante con los invasores buscando en la casa mientras la familia intenta por todos los medios despistarles.
Como en la novela, no sabemos los motivos de la invasión. Llegan, sin más, y empiezan a destruir el mundo, dejando claro que la raza humana se enfrenta, simplemente, a su extinción. Pero hay algo con lo que no contaban. Y como en la novela, un simple virus, inocuo para los humanos, es suficiente para intoxicar a los alienígenas, envenenando sus organismos y obligándoles a retirarse. La película acaba, eso sí, con una muestra innecesaria de sentimentalismo, una concesión a una sensiblería de final feliz que no hacia falta, porque hemos asimilado naturalmente, y nos lo hemos llegado a creer, que el hombre es capaz de lo peor y de lo mejor con tal de sobrevivir. Y una vez más, los críticos miopes no han sabido ver que Tom Cruise no era lo importante, sino el mundo a su alrededor que se le escapaba de las manos.
Munich 
Todo el mundo es unánime. Nadie se esperaba la magnitud de ésta película, el calibre que tiene y la cantidad de temas, delicados o no, que trata. Y lo hace bien, magistralmente bien, demostrando que Steven Spielbeg aún tiene ese pulso narrativo y esa capacidad para fascinar, entretener y encima, resultar reflexivo y serio sin llegar a ser irrespetuoso o partidista, hablando de otra de las espinas de la historia reciente, como es el atentado terrorista en las Olimpiadas de Munich en el año 1972 y la posterior persecución de los responsables por parte del Mossad, el servicio de inteligencia israelí.
La película comienza cuando el grupo terrorista Septiembre Negro secuestra y asesina a once atletas israelíes. Avner, un espléndido e intenso Eric Bana, es llamado por el Mossad para una importante misión. Renunciará a su vida, a su identidad y a su familia y liderará un grupo cuya misión será perseguir y ejecutar a los responsables de la matanza. Avner se siente orgulloso, está entusiasmado por ese trabajo, por servir a su país y hacer que los culpables paguen, pero conforme se suceden los hechos algo cambia en su interior, mostrando el sinsentido de las guerras y de la violencia.
Spielberg hace una película valiente, dura, necesaria, con una técnica impecable y una objetividad pasmosa, por lo arriesgada. Pone al servicio de la historia todos y cada uno de los recursos (llamarlos trucos sería un insulto) cinematográficos que conoce, pasando del documental al thriller, del suspense a la acción, sin perder por ello la sobriedad y la seriedad del tema que está tratando. Avner asiste en primera línea a un descenso a los infierno, y los espectadores le acompañamos. Vemos el progresivo hastío, tristeza e incomprensión que poco a poco va inundando el alma de Avner y de sus compañeros ejecutores. Si al principio había una justificación moral, alguna excusa patriótica, él mismo no la recuerda, y nosotros no la entendemos.
Entra así Avner en una espiral sin fin, una escalada totalmente desproporcionada de violencia. Con cada objetivo que eliminan, la respuesta palestina es aún más devastadora, alejando cada vez más esa paz que él mismo con sus actos impide conseguir. Ha perdido su identidad, su familia…Y ahora su alma.
De todo esto habla Spielberg sin tapujos, sin concesiones, con escenas turbadoras, de una violencia fría, brutal, que nos hace revolver en la butaca, porque busca nuestra respuesta, nuestra implicación en la trama. Es un juego arriesgado, pero su dominio de las técnicas cinematográficas hace posible que la historia funcione, que una película llena de matices, de zonas grises y de ambigüedades morales y éticas, consiga transmitir en toda su crudeza todos y cada uno de los puntos de vista implicados, asombrando aún mas el hecho de que lo consiga de manera honesta y eficaz.
Así pues, nos encontramos ante un Spielberg más maduro, más reflexivo, más valiente en sus propuestas y más arriesgado en sus críticas, siendo perfectamente consciente del mundo en el que vive, y aunque esa ingenuidad tan característica de sus primeras películas (o recientes, no olvidemos la amable y de espíritu Capra La Terminal) aún siga presente en historias familiares o de entretenimiento, sabe aguantar el tipo muy bien en propuestas más arriesgadas, con fuerte contenido social y político, confirmando a los que lo dudaban que Steven Spielberg es un genio del cine. Y que aún le queda mucho por decir.